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¿Qué es más eficiente: una economía circular o una sociedad circular?

Economía circular vs. sociedad circular

En el artículo “La economía circular en el derecho ambiental” que publicamos el pasado 28 de enero de 2020, cuestionamos la supuesta novedad jurídica del concepto de la economía circular en el derecho ambiental, así como algunas de sus contradicciones.

Ahora nos planteamos cómo las variables económicas, sociales y culturales también se ven reflejadas en el derecho ambiental y la necesidad de empezar a tomar medidas de carácter cultural si queremos desarrollar seriamente la economía circular…, ¿o deberíamos mejor hablar de “sociedad circular”?

Volvamos antes al derecho porque, precisamente, cabe destacar que la Directiva 2008/1998/CE sobre residuos, en sus objetivos, proponía transformar la Unión Europea en una “sociedad del reciclado”, mientras que la Directiva 2018/851 suprimió esta expresión por la de “economía circular”. Nos preguntamos pues sobre lo que estamos perdiendo de una expresión a otra.

Ciertamente, “sociedad del reciclado” debería revisarse como concepto también puesto que se salta los dos primeros pasos de la jerarquía de residuos: la reducción y la reutilización…pero si hablásemos de “sociedad circular” seríamos mucho más inclusivos y coherentes que solo hablando de “economía circular”.

Pongamos un ejemplo cercano. La importancia del cambio climático ha necesitado de más de cinco décadas para ser socialmente internalizada; para que los medios de comunicación dejaran de cuestionar la validez de la mayoría de la comunidad científica; para que los políticos lo pusieran en su agenda como una cuestión prioritaria (y veremos lo que tardan en llegar las acciones, cuando el avance del deshielo que la actividad humana provoca está generando estragos cada vez más rápidamente); para que la publicidad entendiera que lo “verde” era un motivo para vender; para que nuevos movimientos ecologistas surjan utilizando nuevas formas de comunicar para empujar a empresas, administraciones y medios de comunicación sobre la emergencia climática…, cuando el cambio climático hace tiempo que está afectando ya a la economía y a millones de personas en todo el mundo.

Esto pone de manifiesto que la economía es uno de los vectores de la actividad humana, pero no es “el vector”. En realidad, las motivaciones que existen más allá de la economía son la supervivencia y la seguridad, la autosatisfacción, el estatus, la capacidad para dar, etc. Todas estas motivaciones tienen que ver primero con poder mantenernos vivos, y segundo, con satisfacer motivaciones relacionales, que es de donde surgen las dinámicas sociales y culturales.

Mientras que en los últimos tiempos se han multiplicado las consultas participativas desde todas las instancias administrativas (desde lo local a lo europeo), que además después deben pasar por un filtro de calidad normativa para evitar que las normas incurran en graves incorrecciones de técnica legislativa, lo cierto es que la comunidad ciudadana que conoce el concepto de “economía circular” es muy minoritaria, más allá de las comunidades que trabajan en ello.

Si eres un profesional del medio ambiente haz la prueba: pregunta en tu círculo de amistades a quien no esté iniciado en la materia si sabe qué quiere decir “economía circular”. Y no, no hay tanta gente que esté familiarizada con el concepto. Se requiere aún de mucho trabajo cultural y de comunicación para familiarizarnos, a nivel social, con lo que significa la “economía circular” así como sus oportunidades.

Los avances tecnológicos tampoco son la panacea, sobre todo porque se quedarán sin las necesarias inversiones si no se alcanza a ver que tienen oportunidades reales para su implantación, voluntaria u obligatoria. Y para ver esas oportunidades es necesario sentir que el entorno acompaña. Y para dicho acompañamiento, actores económicos, sociales, de las administraciones y ciudadanía debemos asumir que los residuos son parte de nuestra cultura, una parte no resuelta y de la que no nos hacemos cargo seriamente.

Traduzcamos todo esto en un ejemplo práctico. Dice Victoria Ferrer, directora general del Gremi de Recuperació de Catalunya, que sus agremiados solo pueden obtener el 10% de materia prima secundaria del 60% del plástico seleccionado proveniente de las plantas de selección envases ligeros (datos obtenidos de la Agencia de Residuos de Catalunya). 

Lo anterior puede ser indicador de que los esfuerzos que actualmente se realizan pueden no ser suficientes a nivel tecnológico, pero donde no olvidemos que también interfieren otros factores, como el comportamiento social o las estrategias de marketing y comercialización de producto. Así por ejemplo, una de las limitaciones de la tecnología deriva de la “calidad” (grado de limpieza) de los materiales que intentan recuperarse en planta, como también lo es la composición de determinados envases, que en muchas ocasiones dificulta tanto su segregación como su reciclado efectivo (envases multicapa, determinadas calidades de plástico, agregaciones de pinturas e imprimaciones…).

¿Se trata, pues, solo de economía todo esto? Evidentemente no. Se trata de cultura; de la falta de conocimiento sobre la importancia de separar correctamente los residuos; de la falta de conocimiento sobre lo que impacta -incluso en nuestra salud- la generación de residuos;  de que determinadas empresas producen sin tener en cuenta los residuos que derivarán de su actividad; de que las plantas de reciclaje no pueden tratar cualquier tipo de residuo; de que las infraestructuras necesitan de un mantenimiento o de una inversión inicial importante -y estas son decisiones de carácter económico pero que en realidad se fundamentan en una cultura de lo que se considera prioritario o no-; de que la innovación, en lugar de un credo, se haga flexible y se adecúe a la realidad del presente. Porque adelantarse permanentemente nos saca de la realidad para poder resolver lo que no funciona hoy. Y todo ello depende, en buena medida, de la mirada cultural que se tenga acerca de, en este caso, la problemática de los residuos que está afectando a todos los medios: terrestres, acuáticos, aéreos e incluso los aeroespaciales.

La tarea no es fácil y menos en plena pandemia, una sacudida que nos hace entrar en una nueva crisis y nos hace descuidar otras que son igualmente importantes. Cuando vemos mascarillas tiradas en el suelo podemos entender lo mucho que nos falta culturalmente para cambiar de hábitos. Pero no solo; cuando seguimos comprando botellas de agua en lugar de llevar cantimploras con agua de casa, tampoco estamos entendiendo nuestra capacidad de cambio. Cuando las empresas siguen haciendo embalajes multicapas en lugar de buscar alternativas, es que no entiende su corresponsabilidad ambiental…, y todo esto es cuestión de cultura y no solo de economía.

Y cuantos más materiales complejos existen, más acervo legal debe responder a una realidad en la que hemos complicado la complejidad. Y ya sabemos que las leyes van por detrás de la realidad… ¿Tú de qué hablarías entonces, de economía o de sociedad circular? ¿Cómo construimos la sociedad circular… solo desde la economía?

Así pues, si queremos ser realmente ambiciosos empecemos a hablar de sociedad circular en lugar de economía circular, que incluso esta última necesita de instrumentos no económicos para convertirse en una realidad, como ya hemos visto. Y para ello conviene utilizar la educación y la sensibilización ambiental. Pero ojo, no seamos ingenuos, no solo dirigida a los niños y niñas, sino más bien a los adultos, a las empresas, a las administraciones, a las entidades sociales, culturales, deportivas, de ocio, etc., porque son ellos los que toman decisiones y dan ejemplo (o no) para que los hábitos culturales de consumo y de producción de residuos cambien y se conviertan de verdad en circulares.

Publicado por

Laboratorio de ideas sobre residuos

Debate de ideas para el sector de la gestión de residuos

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